Vista de la Cordillera de los Andes desde el Cerro Santa Lucía

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Enclavada entre montañas y atravesada por el río Mapocho, Santiago de Chile une las historias y costumbres de los barrios populares con la modernidad y el desarrollo. En bicicleta o a caballo, hay muchas formas de conocerla, paseando por la precordillera y las bodegas de la región.

Santiago de Chile impacta por sus contrastes y colores. No tengo ni que aterrizar en el aeropuerto para impresionarme ante la vista magnífica, la primera de muchas otras que me deparará este destino. Es cuando, entre la somnolencia del vuelo, escucho una voz que anuncia el sobrevuelo de la cordillera de los Andes y, por lo tanto, una eventual turbulencia. Las palabras me sacan del ensueño y al asomarme por la ventanilla veo la vasta hilera de montañas, tan significativa para la historia de Latinoamérica que se me antojan como una maqueta de cartón corrugado, con lomas marrones y blancas por todos lados, mostradas como en cámara lenta para que podamos apreciarlas en su totalidad.

Ya al pisar tierra firme se observa una ciudad atípica, donde la naturaleza fluye por cada rincón. Una urbe emplazada en medio de las montañas, atravesada por el río Mapocho –que nace precisamente en los Andes– rodeada de árboles con los colores verdes y rojizos del otoño que nos recibe. Una ciudad que brinda una imagen ordenada y limpia, pero que esconde rincones bulliciosos y populares, junto a otros donde la cultura y los artistas emergentes están marcando un nuevo rumbo.

VIÑEDOS SOBRE RUEDAS

Los vinos son un icono indiscutible en Chile, donde se destacan cepas reconocidas mundialmente, como el Cabernet Sauvignon y el Merlot, y otras más exóticas, como el Carménère, una vid que se creía extinta en el mundo y se redescubrió hace apenas diez años en este país. Por eso no se puede visitar el destino sin conocer al menos una bodega chilena, y una forma entretenida de hacerlo es pedaleando entre las parras y degustando exquisitos vinos.

A cuarenta minutos de la ciudad, hacia el sur, se encuentra el Valle del Maipo, donde se pueden visitar las bodegas más reconocidas, como la famosa Concha y Toro y la histórica Cousiño Macul, un establecimiento familiar con 150 años de historia que produce siete millones de litros de vino al año. “En este valle se dan las condiciones perfectas para la cosecha y elaboración de vinos tintos, especialmente Cabernet Sauvignon, gracias a los cambios drásticos del clima, que producen mucha azúcar en las vides durante el día y descanso por las noches”, explica Louise, de BicicletasVerdes, mientras nos acompaña en un recorrido en bicicleta por los viñedos de la bodega Cousiño Macul. Este paseo diferente y original consiste en pedalear alrededor de cuarenta minutos entre las parras, haciendo diferentes paradas explicativas, para luego conocer la bodega-museo y sus legendarias máquinas. Y, por supuesto, degustar el vino.

La primera parada es ante una de las parras más antiguas del lugar, una Cabernet Sauvignon que produce el vino más exclusivo de la bodega: Lota. “Lo que hace a estos frutos más selectos y de mayor calidad es la antigüedad de la parra, que tiene más de ochenta años, y su tamaño; cuanto más pequeñas las uvas, más costosas”, comenta Louise.

Termina la explicación y volvemos a pedalear, oyendo el crujir de la tierra bajo las ruedas de las bicicletas, y con un escenario impactante y contradictorio. Entre las hileras verdes de plantaciones se puede girar la cabeza hacia un lado y ver a lo lejos la ciudad con sus altos rascacielos; hacia el otro, las montañas. Presionamos los frenos para conocer más sobre la exótica Carménère de la que todos hablan, y que parece erigirse como la nueva vid chilena. “Es una uva de Francia, que llegó a mediados del siglo XIX a Chile, justo antes de que una plaga invadiera Europa y extinguiera esa cepa en todo el mundo. Sin embargo, en 1994, un enólogo descubrió este fruto camuflado entre cepas de otros vinos, como Merlot. Es el único lugar en el que sobrevivió.” Así seguimos nuestro recorrido para, finalmente, poder degustar un Sauvignon Gris de la bodega, entre las parras del mismo fruto.

CON POLAINAS CORRALERAS

Los relinchos de los caballos anuncian nuestra próxima aventura, que comienza en el Club Ecuestre Internacional La Dehesa, en la comuna La Barnechea. Ahí nos espera la empresa Andes Riders para comenzar una cabalgata de 7,5 kilómetros por la precordillera. Antes de subir a los caballos nos proporcionan unas polainas corraleras, típicamente chilenas, y un atuendo para vestir “elegante”, que además protegen del sudor del animal y de lastimaduras de los espinos. Su aspecto es similar al de las películas de cowboys, de cuero negro con flecos y bordados que aluden a la flor nacional chilena, el copihue.

Víctor lleva la delantera. Vestido como un huaso, con botas altas, bombacha de campo y sombrero de ala ancha, monta su caballo y se dirige al resto del grupo con un semblante serio y tranquilo. Es el guía de un grupo de veinte personas que andamos al paso y en fila, subiendo las montañas y acompañados por dos perros campestres que nos siguen a todos lados.

Una hora y media se pasa volando mientras se oye el paso acompasado de los caballos y alguna que otra ave, entre el silencio de las montañas y la vegetación marcada por los verdes litres, quillayes y espinos. A medida que ascendemos comienzan a apreciarse panorámicas de la ciudad hasta que, al arribar a destino, cuando la altura toca 1320 metros, se puede tener una visión completa de esta capital enclavada entre fronteras naturales.

“Siempre viví con los caballos, nací y me crié con ellos, y con ellos paso todos los días”, cuenta Víctor mientras disfrutamos juntos de un almuerzo maridado con vino chileno, sobre las montañas y con un vista única. Desde este punto se puede ver el centro de Santiago, entre el cerro San Ramón a la izquierda –con su pico nevado– y a la derecha el cerro Manquehue (“lugar de cóndores” en mapuche), un volcán extinguido y el más alto del valle, con 1638 metros sobre el nivel del mar. Este volcán custodia al contiguo Manquehuito. Al fondo, la cordillera de la Costa nos separa de las playas chilenas, mientras atrás se alzan imponentes los Andes.

Un panorama de rutina para Víctor, que vive “arriba en la montaña, adonde no llega la luz eléctrica”, pero disfruta del contacto constante con la naturaleza, ya que no vuelve a su casa hasta caer la noche. Es experto en equinos y sabe cómo adiestrarlos. “A los caballos recién nacidos hay que acostumbrarlos al contacto con el hombre para que sea más fácil montarlos a partir de los tres años. Si los dejas sueltos y salvajes es más difícil y violento para ellos”, explica en base a su propia experiencia.

Después de un almuerzo relajado entre las montañas, volvemos a montar para hacer un tramo más corto de descenso, de apenas media hora, con los rayos del atardecer brindando un plus de magia al paisaje. Cristian, de Andes Riders, cuenta que otra alternativa interesante para este tipo de excursiones es hacer la cabalgata nocturna, “donde el recorrido es por el cordón para privilegiar la vista de la ciudad iluminada”. La cabalgata parte media hora antes de la puesta de sol e incluye la cena. “Acá los chilenos la aprovechan mucho como after office, para descontracturarse después de un día de oficina”, comenta, y agrega que incluye el clásico pisco chileno y un telescopio para poder ver las estrellas.

CONTRASTES NECESARIOS

Santiago se destaca por su oferta de actividades y los contrastes entre sus barrios; los hay bohemios y artísticos, elegantes y gastronómicos, históricos y populares. Se deja visitar al estilo tradicional, o bien pedaleando sus calles y sendas en una bicicleta de alquiler; otra opción es contratar paseos organizados en forma temática, para seguir, por ejemplo, un circuito gastronómico o histórico.

La Chascona, la casa del poeta Pablo Neruda en la capital chilena, es un imperdible en la visita. Está ubicada en el bohemio barrio de Bellavista, caracterizado por sus coloridos murales y bares, que se ven repletos por las noches hasta altas horas de la madrugada y donde se puede conocer y bailar la famosa cueca chilena. Bellavista está dentro de la comuna de Providencia, sede de la Plaza Italia, punto de encuentro popular para festejos y protestas, el lugar desde donde “todo parte”. Aquí se originaron las marchas contra el sistema universitario del país, y aquí se organizan los festejos populares como en ocasión de las victorias de fútbol.

Otros dos barrios con una gran oferta cultural son Bellas Artes y Lastarria, reconocidos por su cultura independiente y sus tradicionales cafés. Allí se encuentran el Museo de Bellas Artes y el Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM). También el Parque Forestal, donde se puede ver una multitud de artistas los domingos. Hacia el este llegamos a la comuna Las Condes, con edificios y estructuras modernas, y una fuerte impronta gastronómica. Otro lugar destacado por su gastronomía es, cruzando el río, la comuna Recoleta, pero con un aspecto mucho más popular y cotidiano, donde se encuentran los grandes mercados o “vegas”.

SABORES DE LA VEGA

“La comida es una manera diferente de explorar la cultura de una ciudad y conocer mucho más sobre su gente”, define Colin Bennet, fundador de Foody Chile, para quien la gastronomía esconde tesoros y verdades sobre los pueblos. Con un acento inconfundiblemente yanqui –es oriundo de Ohio, Estados Unidos– nos guía a través de diferentes sitios emblemáticos que permiten conocer a los chilenos a través de sus productos típicos.

La idea original de este extranjero era viajar por el mundo enseñando inglés y “cambiar de vida”, pero al llegar a este recóndito sitio del sur de América conoció a una chilena que le robó el corazón. Además, confiesa haberse enamorado de Santiago de Chile cuando vio que quedaba a sólo 100 kilómetros de la playa y a 60 de los centros de esquí. “En Estados Unidos vi el mar tres veces en mi vida, acá si lo ves cuatro veces por año es poco”, afirma contento, destacando una de las ventajas que proporciona esta ciudad: su cercanía con diversos puntos turísticos y su variedad de paisajes y actividades.

El recorrido gastronómico comienza en el Mercado de Abastos Tirso de Molina, más conocido como “la chimba” (palabra quechua que significa “del otro lado”, en relación con el río Mapocho), en el barrio de Recoleta. Es un mercado de dos pisos, con alrededor de 150 locales, reconstruido luego del terremoto que azotó Chile en 2010. Se especializa en frutas y verduras, y cuenta con un patio de comidas donde se conjuga la tradición chilena con la inmigración peruana y colombiana. El local de María es uno de los más concurridos, destacado por sus jugos de frutas frescas de todas las variedades y combinaciones. “Este lugar es mi vida”, declara María a sus 75 años, mientras corre de un lado al otro trayendo jugos y ofreciéndonos deliciosos frutos para degustar: moras y frambuesas de gran tamaño, pepino dulce –con un gusto similar al melón– y noni, la fruta estrella por sus propiedades antioxidantes y curativas. Después de una panzada frutal seguimos camino hacia la Vega Central, el mercado mayorista más grande de Chile.

“Después de Dios está la Vega”, reza un graffiti sobre una de las paredes de la Vega Central. “Así viven los chilenos este lugar, que es mucho más que comida, es también uno de los primeros lugares donde se puede encontrar trabajo”, relata Colin. Autenticidad es la palabra que mejor define este gran mercado, donde la gente camina a pasos apresurados entre los pasillos, mientras se oyen diferentes estilos de música popular proveniente de cada puesto, y se ve alguno que otro televisor pequeño emitiendo la telenovela de la tarde.

Por último, el Mercado Central es tal vez el más turístico y pintoresco. Cruzando el río Mapocho, su estructura color amarillo llama la atención, y es el lugar donde se pueden conseguir pescados y mariscos para luego sentarse a disfrutar del clásico ceviche chileno en alguno de sus restaurantes. Después de un almuerzo marino, nos dirigimos al tradicional bar La Piojera, donde llaman la atención sus curiosos tragos: Terremoto, Maremoto y Tsunami, elaborados a base de vino pipeño y helado de piña cremoso, para brindar por un viaje que ha sacudido todos nuestros sentidos.

Fuente: Pagina12

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